|
Página 10 |
|
|
|
COLUMNISTA |
||
|
|
Los viejóvenes
Por: Jotamario Arbeláez
Niños que éramos en el barrio San Nicolás, sin
dinero aún para comprar un balón, un vecino del pasaje nos
regaló el primero, al que un policía que nos tenía bronca le
pegó un tiro. Levemente traumatizados, después de que jugábamos
en el parque a las canicas, a la Lleva, Rayuela o La libertad,
que era la de policías y bandidos en la que la mayoría pedíamos
ser de los últimos para liberar a los otros, nos sentábamos en
el pasto a comer las pepitas rojas de las matas de coca
sembradas por la Alcaldía, y a especular acerca de lo que nos
gustaría ser cuando grandes. Víctor Mario se pedía ser aviador,
como llegó a serlo, el “negro” Mañosca quería ser timbalero y lo
sigue siendo, Luis Alfonso Ramírez caballero de la alegre figura
en camino hacia la cima de la montaña, Ramiro Montoya viajero
impenitente en todos los trenes a estaciones desconocidas, mi
primo Fabio Ramos sastre y a la vez picaflor y aún sigue pica
que pica, Humberto Pérsico decidió ejercer como fetichista,
Julio Jaramillo ayudante de ginecólogo, pero pronto se aburrió
de ver entrepiernas, Julio Portocarrero norteamericanizarse y lo
consiguió y Dimitri boxeador hasta que le hicieron tirar la
toalla a coñazos.
|
|
vida y mis amores de Frank Harris y con La novela de la lujuria de Anónimo. De esa manera comenzó a armarse mi biblioteca, y de paso yo.
Para adquirir un algo de presencia seguí por correspondencia el Método de tensión dinámica de Charles Atlas que me proporcionaría fuerza interior desdeñando la musculatura, y aprendí a mover la pelvis como Elvis Presley de quien además le copié el copete y el arte de manipular el micrófono, pero no para cantar sino para leer mis poemas al compás del reloj. Algo me picaba por todo el cuerpo y no lo podía contrarrestar con sólo rascarme. Me dediqué por tanto a bailar pegadito y amacizado en discotecas pecaminosas y en los quioscos de Juanchito y así comenzó la cura que terminaba en el nocturno refriegue. Desde que estaba adolescente mis compañeros pensaban que alardeaba. Por ejemplo, si les decía que antes de la cita con una chica me pajeaba imaginando lo que iría a pasar y después de que ella se iba volvía a hacerlo recordando lo que había sucedido. Pues bien, ya empezaba a gozar de las maravillas del mundo, como eran las hojas de los libros y los lomos de las mujeres por deshojar. Qué necesidad había de desear ir al cielo con la angelología por disfrutar en este valle de lágrimas espermáticas. Y eso que en cierta forma el seducido era yo, que por entonces de inexperto me las tiraba. Me faltaba el toque de gracia para perder la timidez y fue la botella, que me permitiría mantenerme firme en mi sitio. Resulté bueno para todos los alcoholes, de acuerdo con las preferencias del anfitrión. Y tuve la fortuna de que nunca me dio guayabo, tal vez porque nunca solté la copa. Qué fácil era hacer el levante de cualquier hembra ya fuera peso pesado, peso mosca, peso pluma o peso gallo, con tres tragos en cada buche, escuchando en los bares Tomo y obligo. Así mi padre dijera por defenderme ante los vecinos que yo era “buchipluma no más”.
Las mujeres, los libros y las botellas, la santísima trinidad que ha regido mi vida de pasionario. Hay libros espesísimos como La guerra y la paz que uno va leyendo con el pesar de que acaben, como litros de whisky que se van escanciando con el pavor de la última gota, como mujeres de quienes se teme que en algún momento no quieran o no puedan darse más y se vuelvan a calzar los calzones. Al bar de La montaña mágica lo bauticé “Qué tomas, man”; a mi espaciosa biblioteca “El jardín de senderos que se bifurcan” y a mi cama desatendida “A la sombra de las muchachas en flor”. Cuántas páginas con centenares de caracteres habrán absorbido los ojos de mi cerebro, cuántos litros etílicos habrá procesado mi hígado para convertirlos en energía, cuántos galones de semen habrá prodigado mi próstata a la cavidad insaciable. Habría que consultar a los investigadores del Record Guinnes. Cuando a lo que debí apuntarme en consciencia desde el principio sería a merecer el Nobel, el Cervantes o el Reina Sofía. Casi todos los otros me los gané en
|
franca lid, como el Cid. Los libros, los licores y las mujeres, todo se agota.
Recuerdo cuando pasaba por la ventana de la casa de las agujas con una
carretilla de mano un comprador callejero gritando: “¡Compro frascos y botellas
vacíos!”. Y más adelante: “¡Libros viejos y ya leídos!”. Pienso ahora que le
quedó faltando: “¡Y mujeres usadas!”. Así como detrás de él venía un vendedor
con una inmensa bandeja a voz en cuello ofreciendo: “Las panooochas calientes”,
que son una especie de arepas, en el buen sentido de la palabra.
Hoy miro al género femenino con la gratitud de Adán cuando devoró la manzana bajo el árbol de serpentinas y me duele que por mis sinceras confesiones de excomulgado pueda ser considerado como machista leninista por algunas feministas, como muchos machos con cachos piensan que son chicaneros embustes de un impotente.
Han pasado los años sobre la cama donde se me han cumplido todos los sueños, secos, húmedos y decididamente mojados. Me he convertido en un octogenario alejado del mundo más no de sus placeres que no desaparecen porque desaparezcan los cuerpos físicos. He entrado en la onda del amor cibernético. Todo fluye. Me visitan los ángeles invisibles pero sensibles a pedirme autógrafos en las nalgas. Lo único que espero es que no se me acabe pronto la tinta de mi estilógrafo.
|
|
Página 10 |
|
© 2020-2025 - Noticias5 - La idea y concepto de este periódico fue hecho en Online Periodical Format© (OPF) es un Copyright de ZahurK. Queda prohibido el uso de este formato (OPF) sin previa autorización escrita de ZahurK LEA GRATIS NOTICIAS5 LIBRE DE PUBLICIDAD
|